Barbarizar gratuitamente el lenguaje

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No me nieguen que tener algún tipo de neura, en forma de idea o pensamiento obsesivo que nos depara más mal que bien, es bastante habitual. Yo no iba a ser menos, así que les reconoceré que la mía tiene que ver con el lenguaje. Ya me referí en un texto anterior a la desazón que me produce comprobar cómo la gente es capaz de plegarse sumisamente a la sustitución de determinadas palabras o expresiones hasta ese momento utilizadas con normalidad, por otras creadas artificialmente con inconfesadas intenciones. Pero mi fijación con el asunto no acaba en eso, que en el fondo es algo bastante anecdótico. Si así fuera, no envidiaría tantas veces a los sordomudos. Intentaré explicarme.

De antemano, les avisaré de que no me considero un reaccionario en materia de lenguaje. Pretender que el idioma sea un compartimento estanco y no susceptible de ir evolucionando por el devenir de los tiempos y de las influencias externas, es una batalla perdida desde que los griegos empezaron a utilizar términos latinos para referirse a aquello para lo que ellos no tenían ya una palabra disponible. Ninguna objeción se me ocurriría por tanto plantear a la introducción de neologismos y extranjerismos en la lengua, como lleva aconteciendo desde el primer día, siempre y cuando esa ampliación del vocabulario tenga algún sentido. Y tal y como lo tuvo denominar tren al artilugio que rodaba sobre raíles, fútbol al juego a puntapiés de los ingleses de Huelva, o champú al invento ese francés para lavarse el pelo, podría considerarse que lo tiene, para no pecar de provincianos, llamar wifi a la conexión inalámbrica, chat a la conversación a través de internet, o blog a la concreta y personal ubicación en la red (o en la web) donde uno publica los contenidos que le apetecen. En mi acreditada inocencia, y aunque todo ello suponga un goteo interminable de asunción de léxico bárbaro en la lengua castellana, no veo mayor problema. Que si no hablamos todos en latín es porque llueve sobre mojado.

Pero hecha esa importante aclaración, explíqueme alguien, si le place, el sentido que pueda tener que la gente que ahora sale a correr todas las mañanas por las calles y los parques no sean ya simplemente corredores, sino runners, que es algo bastante más cool; que tu compañero de oficina -que te considera poco menos que su coach– te pregunte si su outfit de hoy es el conveniente para su próxima cita o si crees que sería mejor que cambiase de look ; que en los aeropuertos u hoteles españoles ya no nos registremos, sino que hagamos check in; que si hay que realizar una copia de seguridad de un archivo digital, hagamos un back up; que tu viejo amigo te pregunte cuál ha sido el feedback de tu mujer después de conocer anoche a su nueva novia; que el descanso o intervalo en una reunión –o meeting– sea un break (¿llamarán ya así también a los recreos en el colegio?); o que el dueño de la ferretería de la esquina tenga ya dispuesto el rótulo que pretende colocar en la puerta de su local, al comenzar julio, anunciando que tiene Sales, con el riesgo en este caso de que los parroquianos le pregunten si ahora también vende azúcar.

Llámenme anticuado o retorcido, lo que prefieran, pero a mí nadie me quita la idea de que forma de hablar tan snob (otra) y mema a la vez, no revela sino el deseo, consciente o inconsciente, de demostrar un dominio de lenguas, un cosmopolitismo y, en definitiva, un nivel de superioridad sobre quienes escuchen, que en idioma español podría denominarse, sin necesidad de traducción, como simple pedantería. Aunque en la mayoría de los casos no sea sino traslación de un complejo de inferioridad para hacérselo mirar. Como si la autoestima nacional no hubiere mejorado mucho desde que Berlanga la reflejó con precisión en su fábula de Mister Marshall.

Y de momento no me extenderé más sobre asuntos de léxico, que a ciertas edades hay que prevenir la hipertensión. Además, tengo cita con el psicólogo que intenta librarme de estas estrafalarias obsesiones. La verdad es que, poco a poco, voy mejorando. Tenemos mucho feeling.

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1 comentario en “Barbarizar gratuitamente el lenguaje”

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