Entusiasmarse con los bailes colectivos

grupo de personas interpretando un baile colectivo

Como usted es un reconocido erudito en materia de etnología comparada, va a aprovechar este trance para poner en solfa cada uno de los razonamientos que prosiguen. No sólo lo sé sino que además lo asumo y acepto, porque usted tiene razón. Efectivamente, es imposible efectuar un estudio serio y profundo de los grupos humanos, desde las primeras pandillas de neardentales hasta las recientes de adolescentes británicos en animada ruta por Magalluf, sin analizar y ponderar debidamente la relevancia de las danzas y bailes tribales como nexo de unión y símbolo identificativo de sus integrantes.

Y no sólo eso, sino que además usted podría esgrimirme –y lo va a hacer, que por algo es una autoridad en el tema- que dentro de ese complejo repertorio de trotecillos comunales se encierran poderosas manifestaciones del espíritu y creencias de sus protagonistas. Especialmente si la danza es circular, se realiza en tiempo de solsticio o equinoccio, y no te digo ya nada si el bailoteo acontece pongamos que a medianoche y con el gurú de turno repartiendo brebajes espirituosos a diestro y siniestro. Pues claro que tiene usted razón. Casi estaría dispuesto a reconocerle que el ser humano lo es porque baila. Que en otro caso, sería algo distinto, posiblemente con mucha menos vitalidad. Quizá un guijarro o un pedazo de plancton.

Pero he dicho que casi estaría dispuesto a reconocérselo, no que directamente lo haga. Y la razón de ello radica en que en este asunto, como en casi todos, son importantes los matices. Y acaso en éste más que en otros.

En todo caso, para seguir aligerando de peso la argumentación y aceptar de antemano mi derrota en esta imaginaria polémica, voy a explicarle una de mis pesadillas particulares, que –sabe Dios por qué- padezco cada dos por tres. Estoy en ella acomodándome en el sofá para presenciar la final de la Copa del Mundo de fútbol, que al parecer se ha disputado en Uzbekistán, y para la que se ha clasificado la selección española tras varios lustros de desatinos. Acaba el árbitro de dar el pitido inicial cuando comparece en el salón mi señora esposa y me urge a levantarme inmediatamente porque ya llegamos tarde a nuestra clase ¡diaria! de baile de salón. Hoy nos toca practicar la polka paraguaya…

Con unas u otras variantes, esa misma tragicomedia la vivo, semana sí semana también, durante mi presunto tiempo de descanso nocturno. No siempre me pierdo el gol del hijo de Iniesta, pero le aseguro que me han tocado sesiones de cumbia colombiana, tango arrabalero, cha-cha-cha, chotis, funky setentero y hasta de claqué. Y ahora mismo vivo acongojado, porque hace un par de días vi para mi desgracia un reportaje en televisión sobre unas clases de rockabilly para jubilados, patrocinadas por no sé qué clase de malhadada institución pública. Como soy altamente influenciable, no me cabe duda de que en mi siguiente pesadilla nocturna estaré disfrazado de Danny Zuko, zarandeando como una comba a mi complacida cónyuge…

Bueno, ¿y dónde está el problema?”, imagino que alguien me podría preguntar. Ya, ya, es cierto; ya conozco la disertación. Todo eso de lo bueno que es practicar ejercicio llegada determinada edad, de cómo se estimulan ciertas hormonas vigorizantes e incluso de lo positivo que puede ser compartir ese tipo de actividades con tu pareja.  Todo muy bonito, pero a mí no me convence nadie de que no hay nada más ridículo que un colectivo de personas de dudosas habilidades físicas moviendo sus cuerpos al mismo tiempo y de la misma lastimosa forma. ¿Qué le voy a hacer?

“Pobrecillo, lo que le pasa es que es un estirado y un acomplejado” –escucho musitar a lo lejos. Pues sí, será eso; para qué negarlo. Pero es que esto de los bailes colectivos siempre ha sido una de mis némesis predilectas. Creo que la aversión debe de arrancar de alguna de las primeras bodas a las que asistí, y en la que tuve la horripilante desgracia de presenciar la danza grupal de ochenta personas a los sones de Paquito el Chocolatero. Convendrá usted que no es un espectáculo apto para un niño, al menos si éste posee una mínima sensibilidad y criterio estético. Si a eso le sumas las sucesivas bodas en las que contemplé a similar muchedumbre bailando ¡¡¡la conga!!!, dígame usted qué psiquiatra puede ya remediarlo.

Nada que hacer.

Suscríbete para estar informado de las próximas publicaciones.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *